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¿Humanismo o Humanitarismo? – La posicion del Nuevo Humanismo

17 diciembre, 2006

¿Humanismo o Humanitarismo?
La posicion del Nuevo Humanismo

Silo – San Salvador de Jujuy 30/10/95.

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Señor Presidente de las Quintas Jornadas, profesor Mario Vilca; señor Presidente, por el alumnado, José Lazcano.

Debo agradecer la invitación que se me cursara como expositor en las Quintas Jornadas, organizadas por docentes y estudiantes de las áreas de Filosofía, Psicología y Pedagogía, del Instituto de Enseñanza Superior José Ignacio Tello.

Debo agradecer también, la oportunidad que se me brinda de cerrar dichas Jornadas, teniendo en cuenta las importantes exposiciones y discusiones temáticas ocurridas en los días precedentes.

Y debo agradecer, desde luego, la presencia de profesores, alumnos, periodistas y amigos.

Hoy hablaremos sobre una corriente de pensamiento que postula la acción transformadora y que comienza a ser tenida en cuenta merced a los cambios profundos que se están operando en la sociedad. El Humanismo es esta corriente. Muy brevemente revisaremos sus antecedentes históricos, su desarrollo y la situación en que se encuentra actualmente.

Debemos establecer, previamente, una diferencia entre el humanismo como corriente y el humanismo como actitud. Esta última ya estaba presente en diferentes culturas antes de que la palabra “humanismo” fuera acuñada en Occidente. La actitud humanista es común a las distintas culturas, en ciertas etapas de su historia y se caracteriza por :

1.- La ubicación del ser humano como valor central;

2.- La afirmación de la igualdad de todos los seres humanos;

3.-El reconocimiento de la diversidad personal y cultural;

4.- La tendencia al desarrollo del conocimiento por encima de lo aceptado como verdad absoluta;

5.- La afirmación de la libertad de ideas y creencias y

6.- El repudio de la violencia.

Esta actitud es lo que cuenta en nuestro Nuevo Humanismo Universalista y son las diferentes culturas las que nos enseñan a amar y practicar esta posición frente a la vida. Remito, a quien interese, al estudio del humanismo en las diferentes culturas (Anuario 1994 del Centro Mundial de Estudios Humanistas, particularmente en la contribución del profesor Serguei Semenov, estudioso del humanismo precolombino en Meso y Sudamérica).

Debemos hacer también una distinción, un tanto pueril, entre los estudios “humanísticos” que se imparten en las facultades o institutos de estudios y la actitud personal no definida por la dedicación profesional sino por el emplazamiento frente a lo humano como preocupación central. Cuando alguien se define como “humanista” no lo hace con referencia a sus conocimientos de “humanidades” y, parejamente, un estudiante o estudioso de esas disciplinas no por ello se considera “humanista”. Deslizamos este comentario porque no han faltado quienes ligaran al “humanismo” con un determinado tipo de conocimiento o nivel cultural.

En Occidente, dos son las acepciones que se suelen atribuír a la palabra “humanismo”. Se habla de “humanismo” para indicar cualquier tendencia de pensamiento que afirme el valor y la dignidad del ser humano. Con este significado, se puede interpretar al humanismo de los modos más diversos y contrastantes. En su significado más limitado, pero colocándolo en una perspectiva histórica precisa, el concepto de Humanismo es usado para indicar ese proceso de transformación que se inició entre finales del siglo XIV y comienzos del XV y que, en el siglo siguiente, con el nombre de “Renacimiento”, dominó la vida intelectual de Europa. Basta mencionar a Erasmo; Giordano Bruno; Galileo; Nicolás de Cusa; Tomás Moro; Juan Vives y Bouillé para comprender la diversidad y extensión del Humanismo histórico. Su influencia se prolongó a todo el siglo XVII y gran parte del XVIII, desembocando en las revoluciones que abrieron las puertas de la Edad Contemporánea. Esta corriente pareció apagarse lentamente hasta que a mediados de éste siglo ha echado a andar nuevamente en el debate entre pensadores procupados por las cuestiones sociales y políticas.

Los aspectos fundamentales del Humanismo histórico fueron, aproximadamente, los siguientes:

1.- La reacción contra el modo de vida y los valores del Medioevo. Así comienza un fuerte reconocimiento de otras culturas, particularmente de la greco-romana en el arte, la ciencia y la filosofía.

2.- La propuesta de una nueva imagen del ser humano, del que se exaltan su personalidad y su acción transformadora.

3.- Una nueva actitud respecto a la naturaleza, a la que se acepta como ambiente del hombre y ya no como un sub-mundo lleno de tentaciones y castigos.

4.- El interés por la experimentación e investigación del mundo circundante, como una tendencia a buscar explicaciones naturales, sin necesidad de referencias a lo sobrenatural.

Estos cuatro aspectos del Humanismo histórico, convergen hacia un mismo objetivo: hacer surgir la confianza en el ser humano y su creatividad, y considerar al mundo como reino del hombre, reino al cual éste puede dominar mediante el conocimiento de las ciencias. Desde esta nueva perspectiva, se expresa la necesidad de construír una nueva visión del universo y de la historia. De igual manera, las nuevas concepciones de ese Humanismo histórico llevan al replanteo de la cuestión religiosa tanto en sus estructuras dogmáticas y litúrgicas, como en las organizativas que, a la zazón, impregnan las estructuras sociales del Medioevo. El Humanismo, en correlato con la modificación de las fuerzas económicas y sociales de la época, representa a un revolucionarismo cada vez más consciente y cada vez más orientado hacia la discusión del orden establecido. Pero la Reforma en el mundo alemán y anglosajón y la Contrareforma en el mundo latino tratan de frenar a las nuevas ideas reproponiendo autoritariamente la visión cristiana tradicional. La crisis pasa de la Iglesia a las estructuras estatales. Finalmente, el imperio y la monarquía por derecho divino son eliminados merced a las revoluciones de fines del siglo XVIII y XIX.

Pero luego de la Revolución francesa y de las guerras de la independencia americanas, el Humanismo practicamente ha desaparecido no obstante continuar como trasfondo social de ideales y aspiraciones que alienta transformaciones económicas, políticas y científicas. El Humanismo ha retrocedido frente a concepciones y prácticas que se instalan hasta finalizado el Colonialismo, la Segunda Guerra Mundial y el alineamiento bifronte del planeta. En esta situación se reabre el debate sobre el significado del ser humano y la naturaleza, sobre la justificación de las estructuras económicas y políticas, sobre la orientación de la ciencia y la tecnología y, en general, sobre la dirección de los acontecimientos históricos.

Son los filósofos de la Existencia los que dan las primeras señales: Heidegger para descalificar al Humanismo como una Metafísica más (en su “Carta sobre el Humanismo”), Sartre para defenderlo (en su conferencia “El Existencialismo es un Humanismo”), Luypen para precisar el enmarque teórico (en “La Fenomenología es un Humanismo”). Por otro lado, Althusser para levantar una postura Antihumanista (en “Pour Marx”) y Maritain para apropiarse del Humanismo desde el Cristianismo (en su “Humanismo Integral”).

Luego de este largo camino recorrido y de las últimas discusiones en el campo de las ideas, queda claro que el Humanismo debe redefinir su posición no solamente en tanto concepción teórica sino en cuanto actividad y práctica social. Para esto, nos apoyaremos continuamente en su Documento fundacional.

El estado de la cuestión humanista, debe ser planteado hoy con referencia a las condiciones en que el ser humano vive. Tales condiciones no son abtractas. Por consiguiente, no es legítimo derivar al Humanismo de una teoría sobre la Naturaleza, o una teoría sobre la Historia, o una fé sobre Dios. La condición humana es tal que el encuentro inmediato con el dolor y con la necesidad de superarlo es ineludible. Tal condición, comun a tantas otras especies, encuentra en la humana la adicional necesidad de prever a futuro cómo superar el dolor y lograr el placer. Su previsión a futuro se apoya en la experiencia pasada y en la intención de mejorar su situación actual. Su trabajo, acumulado en producciones sociales pasa y se transforma de generación en generación en lucha contínua por superar las condiciones naturales y sociales en que vive. Por ello, el Humanismo define al ser humano como ser histórico y con un modo de acción social capaz de transformar al mundo y a su propia naturaleza. Este punto es de capital importancia porque al aceptarlo no se podrá, coherentemente, afirmar luego un derecho natural, o una propiedad natural, o instituciones naturales o, por último, un tipo de ser humano a futuro, tal cual hoy es, como si estuviera terminado para siempre.

El antiguo tema de la relación del hombre con la naturaleza, cobra nuevamente importancia. Al retomarlo, descubrimos esa gran paradoja en la que el ser humano aparece sin fijeza, sin naturaleza, al tiempo que advertimos en él una constante: su historicidad. Por ello es que, estirando los términos, puede decirse que la naturaleza del hombre es su historia; su historia social. Por consiguiente, cada ser humano que nace no es un primer ejemplar equipado genéticamente para responder a su medio, sino un ser histórico que desenvuelve su experiencia personal en un paisaje social, en un paisaje humano.

He aquí que en este mundo social, la intención común de superar el dolor es negada por la intención de otros seres humanos. Estamos diciendo que unos hombres naturalizan a otros al negar su intención: los convierten en objeto de uso. Así, la tragedia de estar sometido a condiciones físicas naturales, impulsa al trabajo social y a la ciencia hacia nuevas realizaciones que superen a dichas condiciones; pero la tragedia de estar sometido a condiciones sociales de desigualdad e injusticia impulsa al ser humano a la rebelión contra esa situación en la que se advierte no el juego de fuerzas ciegas sino el juego de otras intenciones humanas. Esas intenciones humanas, que discriminan a unos y a otros, son cuestionadas en un campo muy diferente al de la tragedia natural en la que no existe una intención. Por esto es que siempre existe en toda discriminación un monstruoso esfuerzo por establecer que las diferencias entre los seres humanos se deben a la naturaleza, sea física o social, que realiza su juego de fuerzas sin que intervenga la intención. Se harán diferencias raciales, sexuales y económicas justificándolas por leyes genéticas o de mercado, pero en todos los casos se habrá de operar con la distorsión, la falsedad y la mala fé.

Las dos ideas básicas expuestas anteriormente: en primer lugar la de la condición humana sometida al dolor con su impulso por superarlo y, en segundo término, la definición del ser humano histórico y social, centran el estado de la cuestión para los humanistas de hoy. Sobre estos particulares remito a mis ¨Contribucines al Pensamiento¨ en el ensayo titulado: ¨Discusiones Historiológicas¨.

En el Documento fundacional del Movimiento Humanista, se declara que ha de pasarse de la pre-historia a la verdadera historia humana recién cuando se elimine la violenta apropiación animal de unos seres humanos por otros. Entre tanto, no se podrá partir de otro valor central que el del ser humano pleno en sus realizaciones y en su libertad. La proclama: “Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro”, sintetiza todo esto. Si se pone como valor central a Dios, al Estado, al Dinero o a cualquier otra entidad, se subordina al ser humano creando condiciones para su ulterior control o sacrificio. Los humanistas tenemos claro este punto. Los humanistas somos ateos o creyentes, pero no partimos del ateísmo o de la fé para fundamentar nuestra visión del mundo y nuestra acción; partimos del ser humano y de sus necesidades inmediatas.

Los humanistas planteamos el problema de fondo: saber si queremos vivir y decidir en qué condiciones hacerlo.

Todas las formas de violencia física, económica, racial, religiosa, sexual e ideológica, merced a las cuales se ha trabado el progreso humano, repugnan a los humanistas. Toda forma de discriminación, manifiesta o larvada, es motivo de denuncia para los humanistas.

Así está trazada la línea divisoria entre el Humanismo y el Antihumanismo. El Humanismo pone por delante la cuestión del trabajo frente al gran capital; la cuestión de la Democracia real frente a la Democracia formal; la cuestión de la descentralización frente a la centralización; la cuestión de la antidiscriminación frente a la discriminación; la cuestión de la libertad frente a la opresión; la cuestión del sentido de la vida frente a la resignación, la complicidad y el absurdo.

Porque el Humanismo cree en la libertad de elección posee una ética valedera. Así mismo, porque cree en la intención distingue entre el error y la mala fé.

Así, los humanistas fijamos posiciones. No nos sentimos salidos de la nada sino tributarios de un largo proceso y esfuerzo colectivo; nos comprometemos con el momento actual y planteamos una larga lucha hacia el futuro. Afirmamos la diversidad en franca oposición a la regimentación que hasta ahora ha sido impuesta y apoyada con explicaciones de que lo diverso pone en dialéctica a los elementos de un sistema, de manera que al respetarse toda particularidad se da vía libre a fuerzas centrífugas y desintegradoras. Los humanistas pensamos lo opuesto y destacamos que, precisamente en este momento, el avasallamiento de la diversidad lleva a la explosión de las estructuras rígidas. Por ésto es que enfatizamos en la dirección convergente, en la intención convergente y nos oponemos a la idea y a la práctica de la eliminación de supuestas condiciones dialécticas en un conjunto dado.

En el Documento, los humanistas reconocemos los antecedentes del Humanismo histórico y nos inspiramos en los aportes de las distintas culturas, no solamente de aquellas que en este momento ocupan un lugar central; pensamos en el porvenir tratando de superar la crisis presente; somos optimistas: creemos en la libertad y el progreso social.

Los humanistas somos internacionalistas, aspiramos a una nación humana universal. Comprendemos globalmente al mundo en que vivimos y actuamos en nuestro medio inmediato. No deseamos un mundo uniforme sino múltiple: múltiple en las etnias, lenguas y costumbres; múltiple en las localidades, regiones y autonomías; múltiple en las ideas y las aspiraciones; múltiple en las creencias, el ateísmo y la religiosidad; múltiple en el trabajo; múltiple en la creatividad.

Los humanistas no queremos amos; no queremos dirigentes, ni jefes, ni nos sentimos dirigentes, jefes, ni representantes de nadie. Los humanistas no queremos un Estado centralizado ni un Paraestado que lo reemplace. Los humanistas no queremos ejércitos policíacos, ni bandas armadas que los sustituyan.

El Humanismo entra en la discusión de las condiciones económicas. Sostiene que en el momento actual no se trata de aclarar detalles sobre las economías feudales, las industrias nacionales o los grupos regionales; se trata de que aquellos supervivientes históricos acomodan su parcela a los dictados del capital financiero internacional. Un capital especulador que se va concentrando mundialmente. De esta suerte, hasta el Estado nacional requiere para sobrevivir del crédito y el préstamo. Todos mendigan la inversión y dan garantías para que la banca se haga cargo de las decisiones finales. Está llegando el tiempo en que las mismas compañías, así como los campos y las ciudades serán propiedad indiscutible de la banca. Está llegando el tiempo del Paraestado, un tiempo en que el antiguo orden debe ser aniquilado.

Parejamente, la vieja solidaridad se evapora. En definitiva, se trata de la desintegración del tejido social y del advenimiento de millones de seres humanos desconectados e indiferentes entre sí a pesar de las penurias comunes. El gran capital domina no solo la objetividad, gracias al control de los medios de producción, sino la subjetividad gracias al control de los medios de comunicación e información. En estas condiciones puede disponer a gusto de los recursos materiales y sociales convirtiendo en irrecuperable a la naturaleza y descartando progresivamente al ser humano. Para ello cuenta con tecnología suficiente. Y así como ha vaciado a las empresas y a los estados, ha vaciado a la ciencia de sentido convirtiéndola en tecnología para la miseria, la destrucción y la desocupación. No se requiere abundar en argumentación cuando se enfatiza que hoy el mundo está en condiciones tecnológicas suficientes para solucionar en corto tiempo los problemas de vastas regiones en lo que hace a pleno empleo, alimentación, salubridad, vivienda e instrucción. Si esta posibilidad no se realiza es, sencillamente, porque la especulación monstruosa del gran capital lo está impidiendo.

El gran capital ya ha agotado la etapa de economía de mercado en los países avanzados y en su reconversión tecnológica comienza a disciplinar a la sociedad para afrontar el caos que él mismo ha producido. La desocupación creciente, la recesión y el desborde de los marcos políticos e institucionales fija el comienzo de otra época en la que ya los estamentos y los cuadros de dirección deben ser renovados y adaptados a los nuevos tiempos. Estos cambios de esquema no representan más que un paso hacia la crisis general del Sistema en camino a la mundialización.

Pero frente a esta irracionalidad, no se levantan dialecticamente las voces de la razón como pudiera esperarse, sino los más oscuros racismos, fundamentalismos y fanatismos. Y, si es que este Neoirracionalismo va a liderar regiones y colectividades, el margen de acción para las fuerzas progresistas queda día a día reducido. Por otra parte, millones de trabajadores ya han cobrado conciencia tanto de las irrealidades del centralismo estatista como de las falsedades de la Democracia capitalista. Así ocurre que los obreros se alzan contra las cúpulas gremiales corruptas, del mismo modo que los pueblos cuestionan a los partidos y los gobiernos. Pero será necesario dar una orientación a estos fenómenos que de otro modo se estancarán en un espontaneísmo sin progreso. Es necesario ir al tema central de los factores de producción.

Para el Humanismo existen como factores de la producción el trabajo y el capital, y están demás la especulación y la usura. En la actualidad es decisivo que la absurda relación establecida entre esos dos factores, sea totalmente transformada. Hasta ahora se ha impuesto que la ganancia sea para el capital y el salario para el trabajador, justificando tal relación con el “riesgo” que asume la inversión, pero sin tener en cuenta el riesgo del trabajador en los vaivenes de la desocupación y la crisis. Aparte de la relación entre los dos factores, está en juego la gestión y la decisión en el manejo de la empresa. En definitiva, la ganancia no destinada a la reinversión en la empresa, no dirigida a su expansión, o diversificación, deriva en especulación financiera. La ganacia que no crea fuentes de trabajo, deriva hacia la especulación financiera. Por consiguiente la lucha justa y posible de los trabajadores consistirá en obligar al capital a su máximo rendimiento productivo. Pero esto no podrá implementarse a menos que la gestión y dirección sean compartidas. De otro modo, cómo se podría evitar el despido masivo, el cierre y el vaciamiento empresarial? Porque el gran daño está en la subinversión, la quiebra fraudulenta, el endeudamiento forzado y la fuga del capital. Y, si se insistiera en la apropiación de los medios de producción por parte de los trabajadores, siguiendo las enseñanzas del siglo XIX, se debería tener en cuenta también el reciente fracaso del Socialismo real. En cuanto a la objeción de que encuadrar al capital, así como está encuadrado el trabajo, produce su fuga hacia puntos y áreas más provechosas, ha de aclararse que esto no ocurrirá por mucho tiempo más ya que la irracionalidad del esquema actual lo lleva a su saturación y crisis mundial. Esta objeción, aparte del reconocimiento de una inmoralidad radical, desconoce el proceso histórico de la transferencia del capital productivo hacia la banca, resultando de ello que el mismo empresario se va convirtiendo en empleado sin decisión dentro de una cadena en la que aparenta autonomía. Por otra parte, a medida que se agudice el proceso recesivo, el mismo empresariado comenzará a considerar estos puntos.

La acción humanista no puede limitarse al campo de lo estrictamente laboral o reivindicatorio sindical sino que es necesaria la acción política para impedir que el Estado sea un instrumento del capital financiero mundial; para lograr que la relación entre los factores de la producción sea justa y para devolver a la sociedad su autonomía arrebatada.

En el campo político, la situación muestra que el edificio de la Democracia se ha ido arruinando al resquebrajarse sus bases principales: la independencia entre poderes, la representatividad y el respeto a las minorías.

La teórica independencia entre poderes se encuentra en la práctica severamente afectada. Basta pesquisar en muchas partes del mundo el origen y composición de cada poder, para comprobar las íntimas relaciones que los ligan. No podría ser de otro modo. Todos forman parte de un mismo Sistema. De manera que las frecuentes crisis de avance de unos sobre otros, de superposición de funciones, de corrupción e irregularidad, se corresponden con la situación global, económica y política, de un país dado.

En cuanto a la representatividad. Desde la época de la extensión del sufragio universal, se pensó que existía un solo acto entre la elección y la conclusión del mandato de los representantes del pueblo. Pero a medida que ha transcurrido el tiempo, se ha visto claramente que existe un primer acto mediante el cual muchos eligen a pocos y un segundo acto en el que estos pocos traicionan a los muchos, representando a intereses ajenos al mandato recibido. Ya ese mal se incuba en los partidos políticos reducidos a cúpulas separadas de las necesidades del pueblo. Ya, en la máquina partidaria, los grandes intereses financian candidatos y dictan las políticas que éstos deberán seguir. Todo esto evidencia una profunda crisis en el concepto y la implementación de la representatividad.

El Humanismo plantea transformar la práctica de la representatividad, dando la mayor importancia a la consulta popular, el plebiscito y la elección directa de los candidatos. Porque aún existen, en numerosos países, leyes que subordinan candidatos independientes a partidos políticos, o bien, subterfugios y limitaciones económicas para presentarse ante la voluntad de la sociedad. Toda ley que se oponga a la capacidad plena del ciudadano de elegir y ser elegido, burla de raíz a la Democracia real que está por encima de dicha regulación jurídica. Y, si se trata de igualdad de oportunidades, los medios de difusión deben ponerse al servicio de la población en el período electoral en que los candidatos exponen sus propuestas, otorgando a todos exactamente las mismas oportunidades. Por otra parte, deben imponerse leyes de responsabilidad política mediante las cuales todo aquel que no cumpla con lo prometido a sus electores arriesgue el desafuero, la destitución o el juicio político. Porque el otro expediente, el que actualmente se sostiene, mediante el cual los individuos o los partidos que no cumplan sufrirán el castigo de las urnas en elección futura, no interrumpe en absoluto el segundo acto de traición a los representados. En cuanto a la consulta directa sobre los temas de urgencia, cada día existen más posibilidades para su implementación tecnológica. No es el caso de priorizar las encuestas y los sondeos manipulados, sino que se trata de facilitar la participación, la opinión y el voto directo a través de medios electrónicos y computacionales avanzados.

En una Democracia real, debe darse a las minorías las garantías que merece su representatividad pero, además, debe extremarse toda medida que favorezca en la práctica su inserción y desarrollo. Hoy, las minorías acosadas por la xenofobia y la discriminación, piden angustiosamente su reconocimiento y, en ese sentido, es responsabilidad de los humanistas elevar este tema al nivel de las discusiones más importantes, encabezando la lucha en cada lugar hasta vencer a los neofascismos abiertos o encubiertos. En definitiva, luchar por los derechos de las minorías, es luchar por los derechos de todos los seres humanos.

Pero también ocurre en el conglomerado de un país que provincias enteras, regiones o autonomías , padecen la misma discriminación de las minorías merced a la compulsión del Estado centralizado, hoy instrumento insensible en manos del gran capital. Y esto deberá cesar cuando se impulse una organización federativa en la que el poder político real vuelva a manos de dichas entidades históricas y culturales.

En síntesis: poner por delante los temas del capital y el trabajo, los temas de la Democracia real, y los objetivos de la descentralización del aparato estatal, es encaminar la lucha política hacia la creación de un nuevo tipo de sociedad, Una sociedad flexible y en constante cambio, acorde con las necesidades dinámicas de los pueblos hoy por hoy asfixiados por la dependencia.

En la situación de confusión actual, es necesario discutir el tema del Humanismo espontáneo o ingénuo y ponerlo en relación con lo que nosotros entendemos por Humanismo consciente. Es evidente que los ideales y aspiraciones humanistas campean en nuestras sociedades con un vigor desconocido hace pocos años. El mundo está cambiando a gran velocidad y, este cambio, aparte de barrer con viejas estructuras y viejas referencias está liquidando a las antiguas formas de lucha. En tal situación, surgen espontaneísmos de todo tipo que parecen acercarse más a catarsis y desbordes sociales que a procesos con dirección. Por esto es que al considerar a grupos, asociaciones e individuos progresistas como humanistas, aún cuando no participen de un Movimiento Humanista, estamos atendiendo a la unión de fuerzas en una misma dirección y no a un nuevo hegemonismo continuador de enfoques y procedimientos uniformadores.

Consideramos que es en los lugares de labor y habitación de los trabajadores, donde la simple protesta debe convertirse en fuerza consciente orientada a la transformación de las estructuras económicas, pero también existen numerosas actividades que reúnen a miembros combativos de organizaciones gremiales y políticas. El Humanismo no plantea que estos se desarraiguen de sus colectivos a fin de participar de este Movimiento. Todo lo contrario. La lucha por la transformación de sus cúpulas, haciendo que se orienten más allá de simples reivindicaciones inmediatistas, coloca a esos elementos progresivos en dirección de convergencia con los planteamientos humanistas.

Vastas capas de estudiantes y docentes, normalmente sensibles a la injusticia, también irán haciendo consciente su voluntad de cambio, y a medida que la crisis general los afecte. Y, por cierto, la gente de Prensa en contacto con la tragedia cotidiana, está hoy en condiciones de actuar en dirección humanista al igual que sectores de la intelectualidad cuya producción está en contradicción con las pautas que promueve este sistema inhumano.

También son numerosas las posturas que, teniendo por base el hecho del sufrimiento humano, invitan a la acción desinteresada a favor de los desposeídos o los discriminados. Asociaciones, grupos voluntarios y sectores importantes de la población se movilizan, en ocasiones, haciendo su aporte positivo. Sin duda que una de sus contribuciones consiste en generar denuncias sobre esos problemas. Sin embargo, tales grupos no plantean su acción en términos de transformación de las estructuras que dan lugar a esos males. Estas posturas se inscriben en el Humanitarismo más que en el Humanismo consciente. Sin embargo, en ellas se encuentran ya protestas y acciones puntuales susceptibles de ser profundizadas y extendidas.

Pero así como existe un sector social amplio y difuso que bien podríamos llamar “campo humanista”, el sector al que podríamos denominar “campo antihumanista” no es menos extenso. Desafortunadamente, existen millones de humanistas que aún no se han puesto en marcha con una clara dirección de transformación, al tiempo que comienzan a aparecer fenómenos regresivos que se consideraban superados. A medida que las fuerzas que moviliza el gran capital van asfixiando a los pueblos, surgen posiciones incoherentes que comienzan a fortalecerse al explotar ese malestar canalizándolo hacia falsos culpables. En la base de estos neofascismos está una profunda negación de los valores humanos. También en ciertas corrientes ecologistas desviatorias se apuesta en primer término a la naturaleza en lugar del hombre. Ya no predican que el desastre ecológico es desastre, justamente, porque hace peligrar a la humanidad sino porque el ser humano ha atentado contra la naturaleza. Según algunas de estas corrientes, el ser humano está contaminado y por ello contamina a su medio. Mejor sería, para ellas, que la medicina no hubiera tenido éxito en el combate con las enfermedades y en el alargamiento de la vida. Desde allí, a la discriminación de culturas que contaminan, de extranjeros que ensucian y polucionan, hay un corto paso. Estas corrientes se inscriben también en el Antihumanismo porque desprecian al ser humano, mostrando el trasfondo regresivo de un supuesto “pecado original”, de una “expulsión del Paraíso natural” por haber comido del “Arbol prohibido de la Ciencia” Sus mentores comienzan a reavivar viejos mitos y a desear el Apocalipsis reflejándose aquí también las mismas tendencias nihilistas y suicidas que se observan en otros campos.

Pero también una franja importante de gente perceptiva adhiere al ecologismo porque entiende la gravedad del problema que éste denuncia. Pero si ese ecologismo toma el carácter humanista que corresponde, orientará la lucha hacia los promotores de la catástrofe, a saber: el gran capital y la cadena de industrias y empresas destructivas, parientes próximas del complejo militar-industrial. Antes de preocuparse por las focas se ocupará del hambre, el hacinamiento, la mortinatalidad, las enfermedades y los déficits sanitarios y habitacionales en muchas partes del mundo. Y destacará la desocupación, la explotación, el racismo, la discriminación y la intolerancia, en el mundo tecnológicamente avanzado. Mundo que, por otra parte, está creando desequilibrios ecológicos en aras de su crecimiento irracional.

No es necesario extenderse demasiado en la consideración de las derechas como instrumentos políticos del Antihumanismo. En ellas la falsedad llega a niveles tan altos que, periódicamente, se publicitan como representantes del “Humanismo”. Tan enorme es la mala fé y el bandolerismo en la apropiación de las palabras, que los representantes del Antihumanismo han intentado cubrirse con el nombre de “humanistas”.

Sería imposible inventariar los recursos, instrumentos, formas y expresiones de que dispone el Antihumanismo. En todo caso, esclarecer sobre sus tendencias más solapadas contribuirá a que muchos humanistas espontáneos o ingénuos revisen sus concepciones y el significado de su práctica social.

En cuanto a la organización del Movimiento Humanista, éste dinamiza frentes de acción en el campo laboral, habitacional, gremial, político y cultural con la intención de ir asumiendo un carácter cada vez más amplio. Al proceder así, crea condiciones de inserción para las diferentes fuerzas, grupos e individuos progresistas sin que éstos pierdan su identidad ni sus características particulares. El objetivo de tal acción consiste en promover la unión de fuerzas capaces de influir crecientemente sobre vastas capas de la población, orientando con su acción la transformación social.

Los humanistas no somos ingénuos ni nos exaltamos con palabras vácuas. En ese sentido, no consideramos a nuestras propuestas como la expresión más avanzada de la conciencia social, ni pensamos a nuestra organización en términos indiscutibles. Los humanistas no fingimos ser representantes de las mayorías. En todo caso, actuamos de acuerdo a nuestro parecer más justo apuntando a las transformaciones que creemos adecuadas y posibles en este momento que nos toca vivir.

Quisiera ahora, transmitir a ustedes mis personales preocupaciónes. De ninguna manera pienso que vamos hacia un mundo deshumanizado tal cual nos lo presentan algunos autores de Ciencia Ficción, algunas corrientes salvacionistas o algunas tendencias pesimistas. Creo, sí, que nos encontramos justo en el punto, por lo demás muchas veces presentado en la historia humana, en que es necesario elegir entre dos vías que llevan a mundos opuestos. Debemos elegir en qué condiciones queremos vivir y creo que, en este peligroso momento, la humanidad se apresta a hacer su elección. El Humanismo tiene un papel importante que jugar a favor de la mejor de las opciones.

Debo, por lo demás, considerar el ámbito en que se dan estas explicaciones.

En estas Jornadas se ha creado un espacio de reflexión científica y filosófica. Podemos suponer que por este solo hecho crecemos en nuestro conocimiento. Me parece, sin embargo, que con tal postura estamos emplazados en un ámbito similar al del deporte que se realiza sin atender a sus consecuencias, al del arte que se ejecuta por delectación estética y al de la Filosofía, tomada en su sentido clásico de “amor a la sabiduría”. Si, en cambio, estas discusiones han tenido y tienen por objetivo buscar soluciones prácticas a problemas concretos, pienso que las ideas en debate deben contribuír a la comprensión de la situación que nos toca vivir y a la evaluación de medios disponibles o posibles para modificar dicha situación. Se comprende, por otra parte, que no estamos descalificando el conocimiento especulativo ni pretendiendo su subordinación al saber práctico. Estamos tratando de aclarar intereses, de fijar el punto de vista desde el cual se encaran estos diálogos. Por otra parte, ya no es tiempo de seguir anclados en el aforismo medieval según el cual, simplemente, “de la discusión nace la luz”.

La situación que hoy toca vivir a los profesionales y estudiantes de Filosofía, Psicología y Pedagogía no es ajena al contexto social. Y aquel que quisiera separarse de él y abocarse estrictamente a su particular disciplina debería recordar que sus estudios están organizados según parámetros establecidos por un Ministerio, que se realizan en instituciones y que se ejercitan posteriormente en ámbitos también fijados de antemano. Se trata del aprendizaje, enseñanza y aplicación de conocimientos en el interior de un Sistema. Naturalmente, conforme sea la dinámica y el cambio de intereses de ese sistema, así serán las viscicitudes que sufran estos estudiantes y profesionales.

Por otra parte, los institutos de enseñanza y las universidades tienen por finalidad capacitar a las nuevas generaciones para que desarrollen técnicas y conocimientos acordes con las exigencias del momento social. Y, de ese modo, se van formando cuadros cada vez más especializados, cada vez más regidos no por ordenamientos epistemológicos sino por los parámetros que imponen las necesidades del sistema. De todas formas, tal situación no me parece reprobable sino que, en todo caso, me hace reflexionar sobre las falsas necesidades que bien pueden ser impulsadas desde el poder (político, económico, cultural, etc.), sin atender a las verdaderas necesidades del contexto social y de la personalidad individual.

La proliferación de profesiones y especializaciones en el momento actual nos muestra por una parte la crisis de un tipo de saber que rigió durante mucho tiempo; por otra, la aparición de nuevos intereses, preocupaciones y urgencias. La información se diversifica y amplía y es necesario ordenar, clasificar y definir conocimientos y ámbitos de adquisición y aplicación de los mismos. Simultaneamente a este proceso, se van priorizando algunas profesiones y relegando otras.

Estamos ya muy lejos de aquellas épocas en que la Filosofía era “la madre de todas las ciencias”. Ese proceso de emancipación comenzó hace tiempo y hoy se llega a la situación en que la misma Filosofía parece desconocer sus objetivos. Sabemos que la profesionalidad de la Filosofía, es un hecho más o menos reciente. Antes de Kant el filósofo no era un profesional en el sentido de hoy. Desde luego que numerosos pensadores no han partido de las aulas, pero debemos reconocer que el conocimiento sistemático de las materias que capacitan a nuestros estudiantes es hoy ineludible. Por otra parte, reconocemos la diferencia entre un profesor de filosofía y un filósofo, de la misma manera que lo hacemos entre un profesor de artes plásticas y un artista. Y todos aspiramos a que un profesional del pensar desarrolle su potencial de pensador así como deseamos que todo profesor de artes mejore su sensibilidad e intente, cuando menos, algun paso de creatividad artística. Pero, finalmente, el proceso de diversificación y especialización que se da en el mundo profesional en general, también se observa en el interior de la Filosofía en cuanto profesión y aquí comprobamos un prestigio creciente de la Lógica, que lleva al especializado análisis del lenguaje, en detrimento de la Metafísica, relegada al campo de las “inconsistencias” toleradas desdeñosamente por algunas corrientes académicas. Tampoco este proceso me parece reprobable, sino que, en todo caso, me hace reflexionar sobre las falsas necesidades del pensar filosófico que bien pueden estar manipuladas por las cúpulas que dan dirección a este sistema, sin atender a las reales necesidades del contexto social, del pensar profundo y de la personalidad individual.

Si es que el estudiante o el docente de Filosofía y disciplinas conexas se aboca lucidamente a su tarea debe preguntarse a qué sirven sus esfuerzos; qué pretende lograr con ellos y qué posibilidad tiene de lograr resultados adecuados a sus fines. Si el actor de tales actividades piensa que está haciendo uso, v.gr., de un instrumental interpretativo de la realidad, tendremos consecuencias diferentes a si piensa que dicho instrumental debe ponerse al servicio de la transformación de la realidad. Las condiciones están fijadas de tal manera que el estudiante y el profesional de la Filosofía o se atiene a los parámetros fijados, o reflexiona más allá de ellos. En realidad estamos reclamando una actitud que va más allá (o más acá) del profesionalismo y que nos pone en presencia del ser humano que se pregunta lucidamente por el sentido de su vida y de su acción, y por las condiciones en que quiere vivir.

Así pues, si se piensa a esta actividad como una disciplina que sirve al ser humano y que mejora su existencia, es ineludible la propuesta por las mejores condiciones de vida que puede crear este ejercicio y por la lucha contra las condiciones que desmejoran la existencia. Y esto se hace aún más patente cuando nos referimos a disciplinas tales como la Psicología y la Pedagogía.

Cuáles son los criterios a utilizar para aclarar términos como “mejoramiento de la existencia” o “mejoramiento de la vida”? Si se piensa que un determinado tipo de economía es el fundamento del mejoramiento de la vida, entonces la Filosofía tendrá que dedicarse a interpretar y justificar a esa economía, la Psicología deberá ocuparse en adaptar a los ciudadanos a esa economía y la Pedagogía deberá perfeccionar métodos para enseñar clara y convincentemente los puntos educativos básicos que pretende esa economía. Ya hemos conocido la postura economicista que se limitó a tomar a esas disciplinas como técnicas anexas de propaganda y que hoy, en otra variante economicista, las considera de alguna utilidad si demuestran su eficiencia al ser aplicadas a la empresa.

Si, en cambio, se toma como valor central al ser humano los términos comienzan a invertirse empezando por la Economía (en griego: oikonomia, es decir, la mayordomía en la administración de una casa). Esta Economía, entonces, pierde su carácter rector y se pone, como una técnica más, al servicio de la sociedad. Porque a nadie escapa que la Economía no tiene el carácter de ciencia rectora sino de técnica aplicada que requiere una orientación precisa externa a ella misma. Así, en este momento, parece oportuno recordar la distinción entre episthmh y tecnh.

En este punto quisiera hacer una corta digresión refiriéndome a la crisis de la Ciencia en general. Todos sabemos que la época de los grandes sistemas ha pasado: tanto en Matemáticas, como en Física, como en Filosofía. Sin embargo la tecnología continúa avanzando a gran velocidad y ello muestra que en la etapa actual no son necesarias aquellas grandes construcciones ni aquellos grandes constructores. Nos basta con aprovechar sus principios y aplicarlos; nos basta con aquellos que nos enseñan cómo usarlos. Y esto no lo digo con nostalgia sino, más bien, en preparación del terreno de las épocas que vienen, épocas que han de requerir nuevos fundamentos del pensar y de la acción, hoy perdidos en el fárrago de la desestructuración general. Los filósofos, psicólogos y pedagogos actuales tal vez comienzan a experimentar que la “terra incgnita se otea” y que esa tierra desconocida es la de un nuevo pensamiento y una nueva acción.

Volviendo a nuestro tema.

Un sistema en el que todo se rige por las leyes de mercado, es un mercado. Hoy se tiende a hacer supermercados de las grandes regiones culturales, mercados de las naciones y minimercados de las familias. En este juego de fuerzas entre productores y consumidores no hay lugar para una comunidad organizada en base a otros criterios. Y si los institutos de enseñanza no se ajustan a las exigencias de ese mercado, serán privatizados porque de otra manera producirán pérdidas al Estado. De acuerdo e esa lógica, ninguna empresa privada montará una escuelita de campaña en donde no haya mercado suficiente. Qué empresa va a equipar a la nueva universidad si el poder adquisitivo de los estudiantes es tan limitado? Habrá que reducir planteles: de estudiantes, de profesores y de empleados administrativos. Y si ese lugar cuenta con una capa medianamente solvente, entonces se montará ese instituto de enseñanza exclusivo y restirngido que habrá de capacitar a esa minoría. Por lo demás, ese Estado no se hará responsable del resto de la población. Para qué existe entonces ese Estado? Los humanistas pensamos que ese Estado cobarde debe ser suplantado por otro que se haga cargo de las responsabilidades tantas veces declamadas. Ese Estado deberá disponer de un presupuesto importante para Educación y Salud, basicamente, y las supuestas “leyes de mercado” tendrán que supeditarse a las necesidades del pueblo. Bienvenidos los centros de estudio privados y los centros de salud privados en un sistema en el que la enseñanza y la salud son públicas y gratuitas. Nadie impedirá a los primeros hacer su negocio, ni que las capas más solventes sigan adelante con sus instituciones pagas. Entonces, hablaremos de una competencia real sin sentimientos de inferioridad respecto de la cháchara y la supuesta eficiencia privatista.

Y en cuanto a la salida laboral en la que rige el modelo de la empresa privada ya sabemos cuáles son las consecuencias en materia de desempleo y recesión. El tema no pasa por lo que hoy hay, sino por lo que debe haber: esto es el aumento prioritario de la productividad social y la gestión comun de los factores de la producción en la dirección del proceso productivo… Pero todo esto, aunque refleje nuestras preocupaciones y se refiera a las necesidades inmediatas, nos lleva a un campo digno de ser considerado en futuras exposiciones y en futuros debates.

Espero que, en estas Quintas Jornadas y frente a otras propuestas, haya quedado esbozada la posición del Nuevo Humanismo.

Nada más. Muchas gracias.

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3 comentarios leave one →
  1. 15 enero, 2008 1:05 AM

    El expositor es nada mas, ni nada menos que Silo!!!, fundador del Nuevo Humanismo Universalista. Un Abrazo.

  2. 28 diciembre, 2009 5:45 PM

    quisiera saber si me pueden mandar la in formacion detallada de los enfoques psicologicos de la personalidad son humanismo,conductismo, psicoanalisis antecedentes caracteristicas y funciones

  3. 25 julio, 2010 2:44 PM

    En lo que se refiere al enfoque de la personalidad desde la Psicología Humanista, te remito al libro “Apuntes de Psicología” Autor: Silo, Ed. Ulrica y en (www.silo.net)
    Allí podrá encontrar, con amplia base, los fundamentos de una nueva sicología.

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