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Venezuela, Rusia y la dependencia energética europea

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“La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida” – José Martí

Buenos Aires, 24 / 8 / 2007

Venezuela, Rusia y la dependencia energética europea
Por: Federico Bernal (especial para ARGENPRESS.info)
Fecha publicación:23/08/2007
En una entrevista a la senadora Cristina Fernández de Kirchner formulada por el diario español El País (26/07/07), la candidata presidencial por el oficialismo dejó entrever los grandes lineamientos de su política energética regional. A la pregunta «si de ganar las elecciones mantendría la estrecha relación del actual gobierno con el polémico (sic) presidente Chávez», la entrevistada no sólo defendió la democracia bolivariana, sino que calificó al país caribeño -junto con Bolivia- como “estratégico para la ecuación energética latinoamericana”. A propósito, agregó: “América latina necesita a Chávez [Venezuela] como Europa a Putin [Rusia]”, comparación que privada de obligadas distinciones entre ambas naciones, conduciría a los latinoamericanos -tal como ella misma señaló al periodista- a “falsos enfrentamientos”, por demás reales y justificados entre Europa y Rusia.

¿Por qué la Unión Europea (UE) necesita a Putin? La participación del gas natural en la matriz energética primaria europea aumenta progresivamente desde 1990. Ese año fue de 16,7%, saltó al 22,8% una década después y se prevé alcance un 27,3% en 2030. La participación del petróleo que fue del 38,3% en 1990 descenderá apenas al 33,8% en 2030. El resultado salta a la vista: Europa profundizará su dependencia hidrocarburífera en los próximos veintitrés años. Si bien este incremento refleja una tendencia mundial, estimaciones oficiales de la Comisión Europea prevén una estrepitosa declinación de su producción doméstica. Basándose en 2006, las proyecciones para 2030 arrojan una merma del 73 y 59 por ciento en petróleo y gas natural, respectivamente; la dependencia del petróleo extranjero será del 94%, mientras que la de gas natural importado alcanzará un 84%. En materia de generación eléctrica, la matriz cambiará significativamente a favor de las renovables, el carbón mineral y el gas natural, este último como la principal fuente de generación.

Si la producción local de hidrocarburos está en franca declinación y se espera que su sistema energético esté dominado por los combustibles fósiles durante los próximos 30 años, ¿cómo se las ingeniará la UE para cubrir la brecha entre la demanda y la producción local? Según la revista O&G (julio de 2007) las importaciones de gas natural fueron satisfechas por Rusia (32,5%), Noruega (28,5%) y Argelia (21,2%), proporción que crecerá a favor de la primera por ser la principal reserva certificada de gas natural del planeta con un 26,3% y principal productora mundial, frente a un 2,5% de Argelia y 1,6% de Noruega (BP, 2007). Para 2020, sobre una demanda local de 13,7 millones de barriles diarios de petróleo, un 20% vendrá de Rusia (OPEP, 2007).

Al igual que Rusia, resulta incuestionable calificar de proveedor estratégico un país que como Venezuela, sea el séptimo productor mundial de petróleo, disponga de la sexta reserva de crudo del planeta (proyectada a ser la primera una vez certificadas las reservas de la Faja del Orinoco) y cuente con un 2,4% de las reservas mundiales de gas natural. Más aún en el caso de América latina, cuya dependencia de los combustibles fósiles roza el 76% (BP, 2007). Sin embargo y a pesar de lo expuesto, el análisis del binomio Rusia-Europa como el de Venezuela-América latina, debe trascender el marco de la simple explicación técnica para avanzar sobre consideraciones políticas. En primer lugar, el vínculo Rusia-UE es uno netamente comercial, donde la energía es una simple aunque estratégica mercancía. En segundo lugar, los hidrocarburos rusos son calificados de “extranjeros” por la UE, justamente porque esa nación no sólo no pertenece a la UE, sino que sus diferencias históricas, culturales, económicas -y por sobre todas las cosas-, su antagonismo geopolítico torna incompatibles los intereses “nacionales” europeos con los rusos. Es por esta razón, que Europa -con el auxilio de Washington-, se debate para disminuir la dependencia energética rusa, intentando doblegar la presencia y el accionar monopólico de Gazprom, proponiendo gasoductos que excluyan atravesar territorio ruso (Nabucco), buscando reemplazar progresivamente su gas natural por el gas licuado de otros destinos (Qatar), atacando la política energética interna y externa de Putin, etc. Por su parte, Rusia responde excluyendo a Alemania -cuya dependencia del gas natural ruso fue del 32% del consumo total en 2005 (AIE, 2006)-, como socia estratégica en la explotación de sus mega-yacimientos gasíferos. O expulsando a Shell y Exxon del proyecto Sakhalin en 2005. Hasta inclusive llegó a cortar el suministro de gas a Europa por un ajuste de precios con Bielorusia y Ucrania, naciones por donde atraviesan los principales gasoductos de exportación.

Venezuela, en cambio, forma parte de una misma raíz histórica, cultural, social y política con el resto de los países latinoamericanos. El bloque político Unasur, del que Venezuela es parte indisoluble, tiene un camino y un destino comunes. Petroamérica, OPPEGaSur, etc., sólo son viables en una región coincidente geopolíticamente. Su empresa PDVSA es el motor de un proceso de integración energética volcada hacia el desarrollo socioeconómico endógeno y equitativo de América Latina toda. Con ENARSA -para citar un ejemplo cercano-, establecieron una alianza que le permitirá al Estado argentino disponer de reservas comprobadas por prácticamente la misma cantidad de petróleo probado que hoy tiene el país.

Si para la Comisión Europea la “importación” de energía cubrió un 50% de la demanda en 2006 y la dependencia energética de Rusia “atenta” contra su seguridad energética, el abastecimiento sudamericano en base a energéticos venezolanos no será una “importación”, ni podrá ser catalogado como una “dependencia energética foránea”; mucho menos “atentará” contra su seguridad energética. El enfoque debe ser otro y debe ser latinoamericano. ¿Qué implica entonces seguridad energética para América Latina? ¿Es el sistema energético europeo un modelo a seguir? Interrogantes lógicos que por cuestiones de espacio será abordado en un próximo trabajo, pero cuyas respuestas brotan del tema Rusia-Europa.

En conclusión, señalar que “Venezuela es estratégica a la ecuación energética latinoamericana” no hace más que reafirmar el concepto de que Venezuela es América latina y que la nacionalización de su petróleo hace a la seguridad energética regional. Un concepto ya practicado por Chávez al hablar de solidaridad energética, al fijar precios diferenciales en la comercialización de sus recursos o al establecer -por ejemplo con Argentina-, inéditas facilidades de pago como el trueque. Vaya un europeo a proponerle a Putin trocar gas natural por champagne francés o vaquitas inglesas.


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