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– “REFLEXIONES SOBRE EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI” – por: Martín Guédez

25 agosto, 2008

El apostolado socialista de inserción primera y grave urgencia
por: Martín Guédez
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Las fallidas experiencias del Socialismo durante el siglo XX, unidas a la campaña inclemente que el capitalismo desarrolló por años satanizando todo cuanto se estuviera haciendo en función de su construcción, han dejado aún entre algunos revolucionarios una suerte de complejo de culpa absurdo. De este modo se le coloca al Socialismo el apelativo de “Siglo XXI” como si se quisiera eludir cualquier familiaridad con el socialismo marxista-leninista, también estigmatizado con el calificativo de “Socialismo Real” como para divorciarlo de la utopía.
Cierto que el Socialismo que se debe construir no debe ser –para no repetir errores- calco ni copia, lo cual no puede significar que se olviden los aportes extraordinarios de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, Fidel o el Che. Antes por el contrario debe colocarse toda la atención a las causas que permitieron violar o cosificar estos aportes inmensos y abrirse a la creación heroica del socialismo desde la naturaleza y cultura de nuestros pueblos pero de la mano de las herramientas teóricas de los grandes pensadores socialistas.
Distinguir con claridad las causas del derrumbe de la Unión Soviética y su ensayo conducirá a evitar errores. Lo primero que debería distinguirse es que en la URSS jamás llegó a producirse plenamente el tránsito del proyecto socialista a la meta socialista como logro superior de organización social, ética, cultural y económica. Es evidente que no son suficientes –aunque sí imprescindibles- los cambios en la infraestructura económica pues esos cambios deben ser realizados por un estado al servicio de la clase trabajadora (obreros, campesinos, etc.,) cuya naturaleza encarna en hombres y mujeres portadores de la conciencia individual y colectiva heredada del capitalismo. Será siempre más difícil y más lento generar la transformación en la conciencia del ser humano que en las estructuras más profundas del sistema, incluso porque el egoísmo –propio del sistema capitalista- forma parte de sus instintos naturales en tanto que los valores superiores socialistas exigen la tensión ética del amor, la generosidad y la entrega siendo infinitamente más esquiva la conducta ética que la instintiva.
El capitalismo, que es mucho más que un modo de producción, distribución y consumo de bienes, conforma un sistema de dominación en el ámbito de la cultura y los valores de vida cuya desconstrucción exigirá mucho más esfuerzo que la socialización de la economía. Desprivatizar las unidades de producción y convertirlas en unidades de propiedad social indirecta no garantiza en lo absoluto que se ha construido una sociedad socialista pues el estado encarnado en los burócratas o funcionarios del partido –ganados por la vieja cultura- puede apropiarse por sustitución de los mismos privilegios que se han combatido. Entre otras cosas, allí estuvo buena parte del fracaso del modelo “socialista” del siglo XX.
En las primeras etapas –en tanto se va construyendo por vía de la educación, la cultura y la vida social el hombre nuevo- sólo podría evitarse el zarpazo de la vieja cultura individual si el colectivo ejerce el poder de control, participación y protagonismo que hagan presentes en forma difusa esos excedentes de valores éticos imprescindibles para transformar la historia. No puede olvidarse por evidente y doloroso que, aunque al socializar una industria por vía de la propiedad social indirecta esta pasa a ser de todos, de modo que PDVSA, CANTV o SIDOR, por ejemplo, “ahora es de todos” y eso se traduce en una democratización innegable de los beneficios, no es menos innegable que aunque ahora es de todos, es más de unos que de otros, es “disfrutada” más amplia y generosamente por algunos funcionarios que por el pueblo, de manera que en la comarca “todos somos iguales sólo que algunos somos más iguales que otros”
El salto a la sociedad comunista sin Estado no podrá alcanzarse sin el uso previo del poder de ese Estado por la clase trabajadora hasta borrar las huellas de la división de clases. Lo medular aquí es que ese poder del Estado no termine siendo un instrumento al servicio de una clase nueva sobrevenida portadora de los mismos vicios que la desplazada. Sólo si se sostiene la tensión ética propia de la espiritualidad socialista podría alcanzarse la meta por milenios esquiva. La transición será posible si junto a los programas de transformación de la economía se van construyendo las nuevas relaciones humanas interculturales, plenas, entre los seres humanos y de estos con la pachamama, con la madre naturaleza. Unas relaciones integrales que comiencen por construirse desde un Socialismo de las Cosas más Sencillas. La construcción de unas relaciones humanas dentro de la comunidad y desde ella hacia la sociedad de marcado signo humanista basadas en el amor, la solidaridad, el respeto, la eficacia, la honestidad y el trabajo colectivo es una tarea de primer orden y mayor urgencia que no debe esperar. Puede y debe hacerse apelando a los poderes solidarios y creativos del pueblo.
El socialismo es la ciencia del ejemplo, nos decía el Che Guevara. Un apostolado intenso, abnegado, de inserción y ejemplo puede y debe acompañar toda la acción de gobierno a fin de fecundarla de socialismo e impedir que la mala hierba del egoísmo, la ambición y la soberbia termine por fagocitar hasta esterilizar todo el proyecto. La humanidad no dispone de nuevas oportunidades, ni ésta ni la casa planetaria soportan por mucho más tiempo las acciones a las que el capitalismo las somete. Patria y socialismo…o muerte es más que una consigna, es una guía última de acción para todos y todas… ¡VENCEREMOS!
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