Por: Raul Bracho
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La insaciabilidad imperial nos lleva a la muerte. Los Maya terminan su calendario para el próximo 12/12/12.
El estiércol del diablo se agota, el alimento imperial produce sus síntomas de abstinencia en la fiera que sale compulsiva a garantizarse sus dosis futuras, dejando una estela de muerte y fetidez a su paso. Mujeres y hombres, llenos de espanto miramos su conducta criminal y su descarnada arremetida sobre el mineral fósil al precio de pueblos incendiados. La adicción a la ganancia, al poder, a la explotación y al dominio ha logrado que este imperio apueste por la muerte de todas y todos antes que quedar en abstinencia.
La OTAN, la ONU, los medios imperiales y los gobiernos lacayos callan ante la injusticia de centenares de bombas matando a inocentes en el territorio libio, los planes dibujados en los mapas se cumplen inflexivos sobre nuestros territorios, la humanidad desamparada entiende, por fin, que su norte es el fin, es el suicidio planetario. ¡Se vive el fin de una era y el comienzo de otra! ¿A qué costo? ¿Sobreviviremos este holocausto?
Quedó escrito por nuestros ancestros que este año comenzaba la debacle que culminará en el 2.012. Los Maya terminaron su calendario para el próximo 12/12/12. Nos dejaron escrito sobre piedra lo que hoy ven nuestros ojos, lo que siente nuestra piel quemada por la radioactividad nuclear, por nuestros enfermos contagiados de virus destapados de las botellas de su caja de pandora. Las leyendas y la sabiduría ancestral que se transmitió boca a boca, sin embargo, nos dice que no es el final. ¿Qué está sucediendo?
El dolor y el llanto del pueblo nipones, libio, iraquí, afgano, saharaui, mapuche y cientos más en la tierra sienten sobre si las desgracias de las fuerzas desatadas por aquellos que les hablaban, y aun tienen el descaro de hacerlo, en nombre de la libertad y la democracia. Por sobre el dolor infinito que nos sume a todos, se despierta la conciencia universal hasta ahora dormida. El futuro incierto de las madres y padres, la ilusión perdida de millones de niñas y niños, el hambre, la enfermedad, la contaminación, los polos derritiéndose y la fusión nuclear inminente en Japón nos detienen el aliento al ver la muerte tan cercana. ¡A que apuesta entonces el que nos destruye si caerá en el abismo junto a todos?
Los momentos predecesores de los finales de imperios quizá siempre contuvieron este desasosiego y esta desesperanza, esta vez mayor cuando no una guerra a caballos o sobre tanques, cuando se desploman todas las posibilidades e la subsistencia de la raza y de la especie. Sin embargo, siempre fueron sucedidos por la historia de manera formidable. Nunca podremos saberlo, pero lo que debemos entender meridianamente es que rendirnos es perder toda posibilidad de subsistir.
Ya comienzan las migraciones, síntoma ineludible de las épocas de grandes cambios, la radioactividad pasa a ser cotidiana, la guerra espanta poblaciones que emigran buscando un nuevo hábitat, los poderes se mezclan en su rapiña por sobrevivir. Desde la estación orbital en construcción los emperadores visibilizan trasladar su dominio hacia la Luna o Marte, el subsuelo de grandes desiertos se perfora para construir refugios nucleares cinco estrellas, el fondo de los océanos de igual forma se engrandece ante los capitales moribundos. Y aun todavía hay seres humanos que creen que sobre nuestro planeta no ocurre nada que deba alarmarnos.
Por supuesto que nadie piensa en los humildes, ante la hecatombe somos apenas el sacrificio en el altar del dios poder, por eso debemos pensar por nosotros mismos. Nada más cobarde que un oligarca desarmado, nada más cobarde que un billete de un dólar inservible, sin mercado. Cuando el pánico les contamine su sangre, los pueblos del mundo debemos tener respuestas, no lejanas en el cosmos, sino sobre nuestra propia tierra amada que reverdecerá siempre que la reguemos de amor. La paz será el reino que nacerá después de estos tiempos de apocalipsis, será el día después que fallezca el imperio del individualismo capitalista. Nacerán las flores que llenarán con aromas de solidaridad la nueva era.
Venceremos.
Desgraciadamente los pueblos,los pobres y los ricos,con todas las justificaciones que puedan otorgarles las determinaciones de la conciencia por el sistema social donde viven,los pueblos,repito,contribuyen con el último ingrediente para el guiso mortal:la cómoda indiferencia del que nada quiere ver y,peor todavía,se molestan cuando alguien insiste en destacar la gravedad de la situación.Si los pueblos son inocentes y no tienen la obligación de nada por concepto de esa inocencia,entonces hasta los tiranos son máquinas inocentes determinadas por las condiciones históricas.Aquí,en esta época crucial,no pueden haber inocentes.Los pueblos,cuando pueden, engordan en la ignorancia,y vociferan sus defectos antiintelectuales como si fuesen virtudes.El síndrome de la masa media yanqui afecta a todas las masas del mundo:comámonos todo y que nadie mida las consecuencias:y,sobre todo,a la hoguera con los aguafiestas.Las masas se componen de individuos;de las masas surgen individuos valientes que desafían al sistema:ellos son la vara que nos mide a todos y nos declara culpable de desidia y cómoda ceguera.Entre las clases pobres de mi país he chocado duramente con el escapismo hedonista,muy voluntario,de gente que vive apiñada pero que un magro chorreo les ha permitido engordar con la comida chatarra producida en la alquimia del desperdicio.No se puede pensar por ellos ni actuar por ellos;debe haber también un mínimo de conciencia del enfermo sobre su enfermedad,es decir:¡LEAN EL PANFLETITO,POR LO MENOS!Pero el mínimo esfuerzo es demasiado para sus mentes inflamadas con tantas grasas saturadas.Los pueblos no son inocentes en la medida que algunos de ellos han sabido ponerse de pié y pelear y otros no.Los sociólogos se podrán escandalizar por esto pero no achacarle ninguna responsabilidad a las masas es ofenderlas demasiado.