”Ha habido excesiva condescencia con lo que se llama la obra de Pinochet” – Rafael Otano

19 de Diciembre de 2006 (El Mostrador)

De: Comunidad Humanista. 

Rafael Otano vuelve al ataque:
”Ha habido excesiva condescencia con lo que se llama la obra de Pinochet”

por  Carlos Alvarez

Agudo analista repasa los claroscuros de los últimos gobiernos concertacionistas en su ”Nueva Crónica de la Transición”. Para él, la coalición oficialista debe re-pristinarse, volver a las fuentes que le dieron origen. Aunque, a su juicio, lo que está en juego no es el conglomerado, que es sólo un instrumento, sino el proyecto mismo de profundización democrática que el país necesita.

Un creciente y claro desencanto con lo que ha sido el curso de la transición política chilena, que termina calificando de un “triste happy end”, es quizá el hilo conductor del libro “Nueva Crónica de la Transición” del periodista Rafael Otano, un agudo observador del curso de las tres primeras administraciones concertacionistas y sus relaciones con los centros de poder y en particular, con el mundo militar.

La publicación de LOM Ediciones- que será presentada en el Palacio Ariztía este martes y comentada por el director de The Clinic, Juan Andrés Guzmán, además de Juan Guillermo Tejeda y Betzie Jaramillo- agrega tres capítulos nuevos a un anterior lanzamiento del mismo autor, curiosamente poco comentado -por no decir “ninguneado”- por la élite política nacional, que abarcó lo que fue el proceso de traspaso del poder desde la dictadura militar a la naciente democracia y hasta el fin del gobierno de Aylwin (“Crónica de la Transición”, Editorial Planeta, 1995).

Nacido en Pamplona, Navarra, y ex sacerdote que colgó la sotana en medio de las convulsiones post-conciliares de comienzos de los 70, Otano estudió periodismo en la Universidad Católica e integró los primeros equipos de la revista APSI, cuando éste era un tímido boletín de información internacional tolerado con muchas reservas por la dictadura. Regresó a España en 1977 y en 1989 retornó de manera definitiva a nuestro país, donde asumió como editor general de APSI, hasta que en septiembre de 1995 “apagó la luz” de este medio que -como muchos otros que batallaron contra Pinochet- no fue capaz de resistir los afanes de la transición a la democracia.

En los nuevos capítulos de esta obra clave, el autor se adentra en los clarososcuros de la administración Frei, la detención de Pinochet en Londres, su posterior regreso a Chile “como un paquete peligroso”, la trastienda del Gobierno de Lagos, el informe sobre la tortura y el aniversario de los 30 años del Golpe, hasta llegar a lo que considera el hito más descafeinado de la transición: que después de 16 años de gobierno democrático, Lagos sólo pueda cambiar la firma de la Constitución del 80 porque, amén de algunas reformas relevantes, el marco constitucional sigue siendo el mismo legado por Pinochet.

Al finalizar el último capítulo, Otano se pregunta si realmente este último gesto marca el fin de la transición, habla de un “triste happy end” y en definitiva, se muestra escéptico de la real profundidad de la transformación democrática de estos años. Para el periodista- también teólogo, experto en latín y en las antiguas culturas griegas y romanas- en Chile no se vive aún un período plenamente democrático y él lo denomina más bien de “postdictadura”.

“Reflexionar sobre el pasado es muy importante para saber que algo no funciona bien en la dirigencia, ni en la manera de concebir la política en el país”, dice.

“Complicidad un poco sospechosa”

Las últimas señales en torno a lo que fue la muerte del general Pinochet, sólo le confirman su tesis, agregando que en realidad la transición chilena ha sido francamente “eterna” y ha estado plagada de miedos, de transacciones y de negociaciones. No desmiente los avances del bloque de gobierno en los mismos temas políticos o en los aspectos sociales o económicos, pero destaca que el marco anterior, una transición inconclusa, ha sido el escenario de fondo de esos avances.

“Ha existido un exceso de miedo. Viendo retrospectivamente llama la atención como nuestra clase política, la clase dirigente en general, tuvo tan poca valentía ante todo. Para asumir los propios errores, primero, y en segundo lugar, para pedir cuenta de los errores y los grandes crímenes de otros”, comenta a El Mostrador.cl.

“Yo no les quito ninguna cualidad a los gobiernos de la transición, que lograron sin duda avances democráticos, pero entraron en una complicidad un poco sospechosa con los antiguos adversarios, que al principio fue un consenso, porque era necesario y luego cada vez más, en una cooperación en aspectos que a uno le aparecen más sospechosos, hasta llegar claramente a hacer negocios comunes. No digo que toda la Concertación, pero si una parte importante de ésta, se fue ablandando en su discurso y fue adecuándose demasiado a las reglas que había puesto Pinochet y después la derecha”, indica Otano.

Una de las cosas que francamente le molesta es que a los chilenos se les “venda” este proceso como el más enorme de los éxitos -que él resume en la frase “hemos sido la coalición política más exitosa de la historia repúblicana de Chile”- en circunstancias de que puede ser que sea así en algunos aspectos, “pero realmente la Concertación nos ha dejado una sociedad que no va a llegar al desarrollo, sino al semidesarrollo”.

“Chile no va ser un país subdesarrollado, pero tampoco tiene pinta de ser un país desarrollado, se va a quedar durante muchos años en el semidesarrollo”.

La expresión de esto, para Otano, se vive todos los días en el autoritarismo que caracteriza las relaciones en las empresas, las malos indicadores en educación, la segregación social en todas sus formas, la desigualdad no solo económica, sino social y hasta jurídica, la inexistencia de una élite lectora, que fortalezca la discusión intelectual, etc, etc.

“Estamos en un país- como fue en 1910, cuando se dice que fue una oportunidad pérdida- que ha perdido de nuevo, y peor, porque acá la oportunidad era mayor. Para el 2010 este país va a ser tremendamente desigual. Con menos pobres ¡era que no!, si por pobres se considera nada más a que hay mejor alimentación, más viviendas (buenas y malas), más ropa y un poquito más de bienestar”, afirma.

Un pacto demasiado generoso

“Yo no postulo ninguna radicalidad, toda transición es un pacto, y en un pacto todos ceden y si no ceden todos, quiere decir que no es un verdadero pacto: El problema es que este pacto según mi opinión, favoreció enormemente al establishment y al modelo que había impuesto Pinochet”.

De él, por ejemplo, se asumió, sin muchos problemas, el modelo económico, que “no es solo de libre mercado, que podría ser perfectamente aceptable, es un tipo de libre mercado, unido con un gran autoritarismo metido a nivel de empresas y una visión muy poco humana de lo que es el modelo de sociedad”.

“Acá se integró, por parte del oficialismo, en general de la clase política- aunque se guardase silencio, aunque no se dijeran cosas a favor de Pinochet de una manera demasiado explícita-, gran parte de lo que se llama la obra de Pinochet y se hizo, con una excesiva condescendencia, con una falta de filtro evidente y sin considerar que toda su obra fue creada bajo una dictadura”, remata Otano.

“Hubo algunos intentos de corrección del modelo económico y político, como a principios de los 90, pero siempre había miedo. Había miedo a lo que dijesen los militares, a lo que dijesen los empresarios nacionales, después los inversionistas externos, a lo que dijese la Iglesia Católica. Estos gobiernos de la Concertación han estado llenos de inhibiciones, llenos de miedos”.

“A Pinochet se le mira, pero no se le toca”

Respecto de la figura específica de Pinochet, que representaba el sistema impuesto, “hubo un supuesto tácito en la política chilena, en la transición, de que a Pinochet se le mira pero no se le toca”. Y así fue en definitiva, en lo que se refiere a la Justicia.

– ¿Pudo hacer más la Concertación por el procesamiento de Pinochet?

– Pudo haber creado una atmósfera mejor para sincerar la situación. Los gobiernos de la Concertación lo podían haber hecho, pero lo hicieron de una manera muy tímida. Hay que recordar el caso del ejercicio de enlace, el caso de los Pinocheques, el boinazo del 93: el gobierno cede o no toma las decisiones que debe tomar. Esos son los momentos cumbres, pero entre medio hay siempre una complicidad, unos acuerdos por debajo, una política cupular, de sofá, de whisky entre todos, que inhibe la posibilidad de autocriticarse y de pedir responsabilidades al otro.

– ¿Le parece que con los últimos casos de corrupción la derecha termina empatando a la Concertación?

– No hay un empate. Eso es falso. Detesto la corrupción que hay en la Concertación, que existe, pero francamente no se puede comparar, ni empatar con otro tipo de corrupciones que ha tenido en el país. Eso es claro. Dicho esto, es gravísimo que un proyecto de gobierno, de país, que viene de la Concertación desde el año 88, que se basa en crear una democracia decente, una ética política, etc, esté inmiscuido en escándalos, medianos, pequeños y algunos seguramente grandes, que le quitan la autoridad moral para dar los pasos enormes que Chile necesita para la democracia y para el desarrollo.

– ¿El gobierno de Michelle Bachelet usted lo visualiza como una continuidad de todo lo anterior o hace un distingo? porque ella pretendía distinguirse, con un gobierno diferente, ciudadano…

– Yo creo que la Presidenta Bachelet tiene un nivel superior de credibilidad ante la ciudadanía y la podría aumentar antes de terminar su gobierno. Está en dificultades, le han explotado muchas cosas y no siempre se ha manejado todo bien, pero es muy difícil manejarse en escenarios tan críticos.

Crisis del proyecto de democracia

– A la luz de su análisis crítico ¿es posible que la Concertación se aggiorne para dar cuenta de ese proceso incompleto hacia la democracia y el desarrollo?

– Lo que la Concertación tiene que sentir no es sólo la actual crisis relacionada con el funcionamiento de los partidos, los hechos de corrupción, etc, sino que tiene que sentir la crisis que tiene el proyecto de democracia en el país. La Concertación sólo sirve de instrumento de un proyecto democrático, que es el proyecto con que se ilusionó Chile. Si ese proyecto democrático, que al final es un proyecto de desarrollo, pierde su vigor, estamos mal. Si perdemos fe en el proyecto o lo convertimos en una serie de leyes o de iniciativas técnicas… Si no hay el aire, la ilusión, la convicción… Todo proyecto político se tiene que repristinar, tiene que volver continuamente a lo que la gente conectó en su momento, a lo que hizo vibrar a la gente y eso tiene que tener alguna presencia, adecuada al momento. Si la Concertación, insisto, no se repristina, puede perder todo sentido ante el país.

– ¿Es el proyecto global el que está en juego?

– En Chile está “garantizada” (gesticula con énfasis, dibujando comillas en el aire) la democracia. Sin embargo, el proyecto de una real sociedad democrática ha perdido mucho tiempo y la verdad es que en los estándares mundiales Chile está bastante mal. Todos los éxitos que nos venden están, desgraciadamente, acompañados por otro tipo de fracasos, en violencia intrafamiliar, en trampas que afectan al ciudadano, en segregación y desigualdad. Esta sociedad socialmente está muy enferma. En eso hay un trabajo enorme que hacer. Pero para eso, a una sociedad enferma, le tienes que dar credibilidad, honestidad y una cierta alegría.

Concertación…¿hasta cuándo?

– ¿Se puede acabar la Concertación?

– Bueno, evidentemente que todo lo que comienza se acaba y la Concertación no va a ser eterna. El año 93 hablaba con Eugenio Tironi y le pregunté hasta cuando duraba la Concertación y me dijo “yo creo que podría llegar hasta el 2002”, incluso siendo optimistas. Estamos en el 2006 y en todos los gobiernos se ha dicho que ahora sí que la Concertación se termina. Yo creo que la Concertación, el mundo político actual, es un mundo terriblemente pragmático y por lo tanto, como el bloque todavía tiene posibilidades reales de ganar, la Concertación sigue.

– ¿Y es tan malo que se rompa la Concertación si ese conglomerado no ha sido capaz de dar con un proyecto de profunda democratización e inclusión, como usted cita?

– No, para nada. Yo digo que es posible que siga la Concertación y no digo que para mi sea el mejor escenario. En rigor, el que se rompa la Concertacion traería una readecuación de fuerzas y ésta sería menos mecánica de lo que creemos ahora. No es que la DC se vaya a unir con la derecha y nada más. Va a haber cambios mucho más profundos, porque los cambios que ha habido en la política, entre los partidos y la gente en general, son muy profundos, y por lo tanto, es perfectamente razonable una perspectiva de ruptura de la Concertación y seguramente en algún momento, ya deseable. No es que considere que ahora sea deseable eso, pero si que, si desde dentro no se produce este revulsivo muy fuerte, lo mejor es que haya un rebaraje de los partidos políticos, en torno a nuevas alianzas, no con los referentes actuales necesariamente. De hecho, está sucediendo, pero está sucediendo dentro de la estructura central que se armó el año 88. ¿Aguanta más eso?.

– ¿Aguanta?

– Ese es el tema. Yo creo que solo podría hacerlo si se repristina desde el 88, desde el ímpetu hacia la democracia, hacia un saneamiento de la vida ciudadana, etc. Si no, se terminó el proyecto. En una sociedad como la chilena, con tan gravísimos problemas de falta de desarrollo, educación, sociales, sin ni siquiera 50 mil personas como élite lectora en el país, si no hay un proyecto que sea capaz, con fe, con energía y dando confianza, la verdad es que ¿para que lo queremos?. Ahora, efectivamente, el momento del rearme va a ser un momento de vacío y como siempre ocurre en estos casos, eso da miedo. Tanto a la Concertación como a la oposición, incluso a la gente de la izquierda. Los chilenos hoy estamos viviendo todavía de un cierto miedo al vacío…¿Qué vendrá después? Difícil saberlo. Lo que sí, las fuerzas hacia la democracia, hacia la decencia política y hacia la presencia ciudadana, se están desatando de alguna manera. Quiero ser optimista.

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