Se ahorcó la cochina y al final Maduro le dejó con el bate al hombro

Por:Eligio Damas / Aporrea
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El chamo agarró sus piedras con picardía. El juego de dominó que le pertenece, es un regalo de papá, en gran medida marcado está; tomó el doble seis porque sabía cómo y le gusta. La piedra de doce huequitos negros le fascina. Ellos se le introducen en los ojos normalmente desorbitados como garfios. Le atrapan y siente placer de verlos; no sabe bien por qué, pero en veces, cuando intenta explicarse aquello, piensa en la cantidad. ¡Doce huequitos negros, doce garfios que se introducen en los ojos y hacen las cuencas apretadas! Solo verlos en conjunto en aquella piedra blanca los hace más atractivos, y que sus ojos broten y ensanchen para dejar penetrar los pequeños, pero bastantes – son doce – garfios.

Empezó moviendo la pieza de Santos, en lugar de sacar el doble seis.

“Esta puerca es mía y nadie me la saca”. Se dijo para sus adentros, mientras Santos, exigido por Jhon Kerry, quien le ofreció un puesto en la OTAN, le hizo una trastada; recibirlo fuera del palacio de Nariño y en mangas de camisa, lo habitual en un cachaco cuando quiere rebajar la condición del visitante y hasta manifestarle la incomodidad de la visita.

Hizo una movida más y el canciller Patiño declaró, anunciando su juego, que el gobierno ecuatoriano no le recibiría si eso pidiese. La puerca seguía entre sus manos y los huequitos clavados en sus ojos.

Miró un poco más al sur, en ese empeño suyo de hacer creer que sigue los pasos del comandante Chávez, tema de su campaña e intentó que Ollanta Humala, le diese la oportunidad de explicar por qué los suyos mataron once chavistas en los días de abril. Hizo la jugada con una piedra que tomó por azar, como quien tira una parada loca y Humala de inmediato también se negó a recibirlo. Jugada que debió apresurarlo a salir de la cochina, pero no. Siguió plantado y la pieza de los doce huequitos negros la guardó en un bolsillo de su camisa.

“No la voy a entregar porque esos huequitos negros, que son como doce garfios, me embelesan”.

Mientras tanto, durante la partida, la OEA se negó a meterse más en la jugada porque no es asunto que le incumba; el CNE y el TSJ, en ningún momento han dado muestras de convalidar la posición del alzado contra la legalidad venezolana y pretendiente a la chimberra de la silla de Miraflores.

John Kerry recibió a Elías Jaua y se abrió la posibilidad de intercambiar embajadores. A Calixto Ortega y Roberta Jacobson, encargaron de iniciar el proceso. A María Corina, enviada de Capriles, el primero no le dio muchas esperanzas. A todas estas, el de los ojos puyudos, seguía con la cochina secuestrada en el bolsillo, mientras a cada jugador se le iban agotando las piezas.

En Caracas, mientras se preparaba el viaje del Presidente Maduro a Roma a reunirse con el Papa y el presidente italiano, el Nuncio Apostólico y el Presidente de la Conferencia Episcopal, se reunieron y conversaron con aquél. De muy cordial calificaron ambas autoridades eclesiásticas la entrevista y hasta hablaron de un cambio en las relaciones. El Nuncio dejó caer una frase insinuante y contundente, “el Papa está muy bien enterado de lo que aquí acontece”. Fue, como se dice en el beisbol, un lanzamiento de humo y envenenado. Mientras el juego se movía en esa tónica, el perdedor de la contienda electoral, tiraba piedras al azar y con la cochina enchiquerada.

Llegaron a la penúltima ronda; su compañero puso un seis, de los tres que quedaban, buscando abrirle espacio para se deshiciese de esa “pesada” carga – que por cierto, vaya entuerto, es la pieza más liviana – pero el siguiente jugador, ya avisado por lo que venía sucediendo, dónde estaba la cochina, pensó un rato, más por joder que por otra cosa.

Maduro llegó a Roma, le entregaron el premio de la FAO por la intensa y humana tarea del gobierno venezolano contra el hambre, le recibió con cordialidad el Papa y de paso el presidente italiano. Fueron tres lanzamientos por la goma y con el brazo suelto. El bateador indefenso no pudo hacer otra cosa que mirar la bola pasar a la altura de sus rodillas. Se quedó con el bate al hombro y la moral por el suelo.

Al fin, el jugador contrario, compañero de Maduro, se cansó de vacilarlo, colocó el seis y el perdedor de las elecciones se quedó con la cochina en el bolsillo.

Puso el juego bajo protesta y, con la cochina todavía en el bolsillo, salió con una partida de los suyos a gritar ¡¡¡fraude!!! y cacerolear a quien se le pusiese por delante.

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