“Que quienes estén libres de pecado lancen la primera piedra”

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Respecto a la cacería de corruptos

Por, Martín Guédez

La situación que vivimos en esta éxodo a la libertad, la justicia y la igualdad es sin duda muy delicada. La pérdida física del guía supremo en esta peligrosa travesía se hace a cada momento más evidente. Esa es una verdad aplastante que no podemos obviar con consignas y declaraciones de fidelidad al legado del Comandante. Es así y hay que asumirlo.

En tanto vamos caminando por este desierto no faltan quienes animados por esa ausencia hacen lo que pueden por llevar las sardinas a su brasa. Hoy quiero aproximarme a uno de estos más que evidentes peligros que me quedó con angustia luego de oír un programa por RNV y el impacto que en miles de personas más prestas a responder con las vísceras y la angustia que con la razón ha tenido este programa.

Acerquémonos a una situación que arroja la luz esplendorosa de Jesús de Nazateth sobre un tema de igual o similar peso teórico. El adulterio (algo absurdo pero claro componente moral de su tiempo) era castigado con la lapidación de la mujer adúltera. Frente a Jesús presentan una mujer adúltera y allí presente una turba enardecida y entusiasta presta a castigarla con la muerte a piedras. Jesús colocó el asunto donde debe estar, donde quiero colocarlo hoy, no puso en duda si la ley era o no justa sino que colocó el acento en el derecho ético de quienes se aprestaban a tirar piedras. El episodio es harto conocido “Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra” afirmó Jesús. Lo que sigue también lo conocemos todas y todos (o casi) ante esta condición prelativa fueron abandonando la intención y las ganas de matar a la mujer comenzando por los más ancianos hasta el último de los presentes y ninguno se atrevió a tirar la primera piedra. Hoy digo exactamente como Jesús, que bueno sería que quienes tiran la primera, la segunda o la tercera piedra no tengan motivos o intenciones distintas a la justicia. ¡Qué bueno sería!

Qué bueno sería para todas y todos y en fin para esta maravillosa aventura que llamamos Revolución Bolivariana que quienes se aprestan a caerle a piedras a las y los corruptos tengan rectitud de intención y no los mueva otra razón que alcanzar el reino de justicia y paz que por supuesto han mostrado claramente en sus propias ejecutorias de vida  ¡Qué bueno sería! ¿Verdad? Podríamos empezar a creer. Por eso el pueblo siempre creyó en Chávez. Lo contrario podría significar convertir en el ideario del pueblo a Torquemadas en libertadores de ocasión. Para empuñar esa primera piedra hay que haber demostrado en absolutamente todo que no nos mueve ningún interés subalterno. Como lo dijo Jesús esa es la condición y de no ser así que se queden calladitos o se vayan. Veamos hermanas y hermanos;

Cada vez que el ser humano aborda temas ideológicos, la tentación a descalificar se hace presente. En algunos casos esta tentación proviene del celo ideológico por la doctrina en la cual se ha creído. En otros casos aparecen los pescadores en río revuelto. Cuando veo u oigo a personas como aquellas quienes alguien llamó en estos días: “narcisos comunicacionales”, irrumpiendo como río en conuco con la espada de una supuesta “ortodoxia”, descalificando, agrediendo, juzgando y condenando… el fantasma de Tomás de Torquemada comienza a girar en torno mío con su macabra sonrisa.

Reflexionemos cuánto daño ha hecho este tremendismo oportunista a lo largo de la historia y cuántos inescrupulosos mediocres y bandidos se han escondido tras el ropaje de una pretendida pureza que jamás tuvieron ellos mismos. Tomás de Torquemada entró a la historia por haber sido el primer Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio. Al modo de los simuladores de siempre, no poseía la pureza ni el linaje que a otros exigía, mucho menos la ortopraxis (Esa coherencia entre la doctrina y la práctica) que demandaba desde su radicalismo. Este caballero nunca fue un hombre de fe en tanto que sí lo era -y bien experto- en el manejo de los hilos religiosos del poder. Alcanzó posiciones que no demandaron de él ni categoría intelectual, ni austeridad cristiana de vida, ni fe, sólo ambición y una inusual seguridad en sí mismo que lo hacían casi suicida. Representó la línea más dura en la persecución de los neoconversos siendo él mismo uno de ellos. Tuvo un fino olfato para agradar al poder establecido, de modo que sin poseer densidad doctrinaria, supo aprovechar para sí mismo una coyuntura histórica llena de ambiciones y resentimientos.

Persiguió a los neoconversos, no por su herejía sino por el poder social y económico que poseían. Se trató de una brutal persecución para desplazarlos de la cúspide social y económica, y sustituirlos estos puristas con Torquemada a la cabeza. Le ofreció al sector resentido lo que este sector pedía: las cabezas y las fortunas de los neoconversos.

Sin la presencia de este miserable arribista habría sido imposible la campaña de persecución racial que se emprendió en una España, precisamente caracterizada por el mestizaje histórico. Supo disfrazar de campaña antiherética (hoy la llamaríamos anticorrupción) lo que en realidad era una búsqueda ambiciosa del poder sin miramientos. Sin este desbocado oportunismo de Torquemada, habría sido imposible la Inquisición en España.

Pocos tuvieron la serenidad para ver lo que se les venía encima. Secundar -como hicieron muchos con marcado entusiasmo e ingenuidad- las campañas de este miserable de mil resentimientos, condujo a más de 3000 ejecutados en la hoguera, más de 100.000 judíos expulsados, e incontables encarcelamientos, torturas y percusiones. Este terror lo impuso un inmoral convocando a la delación de los herejes, tarea mediante la cual, cuantos tenían un odio o una envidia dieron rienda suelta a sus más criminales instintos. De nuevo no sabían la caja de Pandora que habían destapado; aquellos que al principio delataban por ambición terminaron siendo delatores por miedo, prestos a dar demostraciones fehacientes de fidelidad para salvar sus propias vidas.

Hoy en día, llamo a la mesura y la reflexión porque estoy persuadido de lo fácil que es desatar los diablos de la intolerancia y la discriminación de aquel que ofrece propuestas distintas a las nuestras. Exijamos a estos “torquemadas” de nuevo cuño, coherencia en su forma de vida. Al asceta verdadero se le puede tolerar -y hasta admirar- su ascetismo, pero al payaso miserable que dice lo que no hace, que proclama ascetismo y fidelidad revolucionaria desde un carro lujoso -tan lujoso como los que crítica y por los que persigue a quienes lo tienen- y su nivel de vida ha subido como la espuma en menos de tres o cuatro años, a esos sólo podemos ofrecerle nuestro desprecio. El Che -tantas veces invocado- fue un modelo de coherencia entre la palabra y la obra, entre la ortodoxia y la ortopraxis. Por eso al Che hay que oírlo. ¡Ya está bueno de disfraces!

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