Solidaridad

Partners' Hands

Por: Melva J. Márquez

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Una de las más hermosas virtudes que puede expresar el ser humano en el planeta, independientemente de sus creencias religiosas, su orientación sexual, su origen étnico, la lengua que hable, la cultura que le sustente la vida o su orientación política, es la solidaridad. La solidaridad, entre muchas formas, se muestra en la entrega, sudor, esfuerzo y hasta sacrificio por quien necesita de uno. La solidaridad necesita de la comunicación, de preguntarle al otro, ¿estás bien?, ¿necesitas ayuda? De ayudarle hasta donde uno pueda, hasta que duela, si es posible. Y muchas veces ni necesita de preguntas. Se ayuda y listo, sin preguntar antes. Mi familia es de origen campesino. Mis abuelos conocieron de la solidaridad porque la practicaron. Los padres de mi madre, especialmente, le enseñaron la solidaridad a sus hijos bajo condiciones de gran pobreza allá en la aldea de Mucucharaní, entre los pueblos Mucutuy y Mucuchachí del sur merideño, en una época que no conocía de horno de microondas, internet ni cocinas de gasplán, tal y como llamaban a las estufas a gas cuando empezaron a verse a mediados del s. XX, al menos en Mérida.

Y mi madre absorbió la solidaridad hasta el punto de que hoy, a sus 75 años, se mantiene muy activa y en su gran generosidad ayuda sin pedir nada a cambio a muchas personas de esos mismos lares en algo que se les hace difícil de asimilar: las consultas médicas especializadas y los exámenes médicos en el hospital. Esta mañana caminaba con mamá en medio de tantos escombros, alambres, restos de cauchos quemados, basura, vidrios rotos. Ella no daba crédito al ambiente tan desolador que inunda las avenidas Las Américas y Los Próceres de la ciudad. La tomaba de la mano para que no se me fuera a enredar. Veíamos a la gente caminando también, unos con bolsas, otros con cajas en los hombros y otros con sus gorras, sus pitos, sus aretes fashion y sus camándulas colgándoles del cuello.

Nadie ayudaba a nadie. Unas señoras ya mayores iban hasta con cinco bolsas, caminaban diez metros, se paraban para sobarse los dedos prensados de la mano. Nadie las ayudaba. El interés de la mayoría era asistir a la cadena humana que tenían prevista hacer para celebrar, vaya usted a saber qué, pero eso era lo que oíamos, eso era lo que nos decían. “!Qué belleza de cadena!”, “Pasen por la Salle que hay un cacerolazo muy bonito!”, “Ay, qué alegría se respira en el semáforo con tanta gente unida!”. Mamá se reía y me decía !qué falta de solidaridad tan grande! ¿Y ellos pensarán que eso da alegría? ¿No se dan cuenta de lo destruida que tienen a la ciudad?”

Seguimos caminando. Allá en las residencias, mi madre notó algo que no había yo advertido. “Epa, y se llevaron los carros, ¿por qué tanta desunión? No, ante una situación así, la comunidad tiene que organizarse, unirse”. Me di cuenta, entonces, de que se nos olvidó la solidaridad. Que cada quien sigue lo que su mundo le dicta y que dolorosamente ese mundo ha cogido gran fuerza hoy día en las redes sociales. La solidaridad comienza con “me gusta” y termina con “te elimino”. La solidaridad comienza si “tengo tantos seguidores” y termina si apenas tengo unos diez o quince seguidores, señal de que “no soy popular”.

Caminando va la gente enviando mensajes, tomándose fotos con fondos desoladores para que vean la represión. Porque el término represión ha adquirido otros significados. La represión por estos días significa ver un piquete de guardias nacionales intentando abrir espacios para darnos la normalidad de poder andar sin barricadas; es también un cúmulo de escombros detrás de la foto o una pila de basura prendida en llamas. Es, lastimosamente, llamar a avivar las barricadas para que las cadenas de televisión vean que aquí no estamos de vacaciones. Ahora la solidaridad parece que solo se circunscribe a adherirse a los gritos destemplados y las obsesiones de quienes te ven y asumen que tú eres como ellos. Solidarios mientras seamos todos de esa oposición que incluso reza para que mueran gentes que tienen el derecho de no pensar como ellos, porque muchos de esa romería de gentes que envían mensajes por las redes sociales, aseguran que “ningún CHAVIZTA MASBURRISTA es coherente de pana” o que somos una especie de “los percusios que apoyan este gobierno de imbéciles seguidores del castrocomunismo”, según las palabras de personas que comparten genes de familia conmigo. Quisiera saber si de la misma manera como manifiestan y ejercen su odio por todo cuanto les huele a Chávez y todo cuanto de él significa, lo harían con la misma intensidad por los homosexuales, los judíos, los musulmanes, las personas con discapacidad física, o por las personas con otro color de piel. Total, todos ellos, todos nosotros, somos distintos. Sería, además, una coherencia de vida. Si no se tolera a un chavista, entonces tampoco ha de tolerarse a un opositor, ni a un homosexual, ni a personas con otro color de piel diferente, en fin, no tendría porqué tolerar a “nadie que no sea como yo”.

Seguimos caminando y finalmente llegamos al mercado. Saludamos, nos saludaron. “¿Qué se le ofrece? Tengo buenos cambures, mire esta manito”. “No ha estado buena la venta, es que mucha gente se lo pasa es haciendo barricadas”. La señora de la carnicería se sonrió al ver a mamá, “¿cómo está amiga? -le pregunta. Qué le servimos hoy?”. Y mamá sonrió. Se dio cuenta de que la solidaridad se mantiene viva entre esa gente que “levanta el sol y que acuesta el sol”, como dijo nuestro Alí. La misma gente que también hace largas colas de varias horas para comprar los productos básicos que desde hace más de un año escasean en Mérida. Sin embargo, en su humildad practican la solidaridad. Y eso no puede ser malo.

Cuánta nostalgia de solidaridad se siente en esos ambientes cargados de escombros, basura, alambres, cauchos, postes de luz y techos de paradas de autobuses. Cuánta solidaridad humana uno halla en las manos sencillas que se abren para servir, así duelan. Cuánta solidaridad humana necesita aquella gente que “vive bien” pero que en el fondo de su corazón se sabe infinitamente sola. Cuánta humanidad ha de inyectarse a través de esos mecanismos virtuales que paradójicamente han sido bautizados como “redes sociales”. Pero también, cuánto disfraz de rojo sigue empeñado -porque hay que decirlo- en hacer que la solidaridad sea vista solo para seguirlo manteniendo en su silla ejecutiva, con aire acondicionado, rodeado de guardaespaldas y para que de vez en cuando se aparezca ante la gente sencilla solo para llenarla de consignas conjugadas en tiempo futuro; un tiempo que, por cierto, está dejando su piel en este presente que nos está arrimando a la insensatez de ver en el otro alguien por quien no merece solidaridad.

lascosasmassencillas@gmail.com

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